Era una fría noche de invierno donde parecía que el viento y la lluvia hubiesen dado una pequeña tregua, cuando te vi, impávida de pie sobre el alféizar de tu ventana, con los brazos en cruz, como deseando coger ese ultimo golpe de viento que te hiciese libre al fin de tu destino. En el mismo instante que entonaste el adiós a la vida, llegue a ti y tras un eterno segundo, levantaste la mirada y en ese momento, reconocí en tu semblante, la pálida imagen de quien ya nada quiere de la vida, fue entonces cuando tras reconocer el acto de tu error, rompiste a llorar, tus lágrimas recorrían tus mejillas, el sutil sollozó, en nombre del lamento, por un momento asintio a dejarte decir un tímido gracias.
Limpie tus lágrimas, de tu cara cada vez mas viva, y acerté a decir, porque lo habías hecho, entonces me di cuenta que cogidas tus manos, ya no podía separar mi mirada del que a cada instante se me antojaba un rostro angelical, de intensa luz en la mirada, cálido aliento ya en tus palabras, dulces formas de mujer en tu cuerpo, como agradecida me abrazaste, y fue ahí donde perdida toda lucha, me deje besar, en el acto sublime de quien rendido cae a los pies tras el hechizo, y tras ese momento, soltadas tus manos, el duro golpe en mi sentí, de quien tras acto ufano, recibe sino castigo, sentí perder una parte de mi, sentí volver mi etéreo cuerpo a su masa de antaño perdida.
Sentí que tras el largo tiempo transcurrido, ahora por ti volvía a la vida.
| Fdo. Fernando J. |


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